Por : ANDRES DUARTE
Por años he escuchado a los políticos hablar de economía, crecimiento, inversión y empleo. Sin embargo, pocas veces he escuchado propuestas que realmente entiendan la realidad de quienes todos los días salen a buscar el sustento desde un pequeño negocio, una tienda, un taller, una venta ambulante, una parcela o un emprendimiento familiar.
Por eso me llamó la atención la propuesta denominada «Capital Popular: del rebusque al negocio propio», impulsada dentro de la visión de país que viene promoviendo Abelardo de la Espriella. No porque sea una propuesta llena de discursos técnicos o promesas imposibles, sino porque parece haber sido construida escuchando a la gente que trabaja en la calle y que sostiene buena parte de la economía colombiana.
Como santandereano, conozco de cerca la realidad de miles de personas que madrugan para vender empanadas, arreglar motos, atender una tienda, cortar cabello, vender ropa por redes sociales o producir en pequeñas parcelas. Muchos de ellos no necesitan subsidios eternos ni asistencialismo. Lo que necesitan son oportunidades, seguridad, acceso a crédito y menos obstáculos para salir adelante.
Lo que más me llamó la atención es que la propuesta parte de una verdad que muchos gobiernos han ignorado: la informalidad no siempre es una decisión, muchas veces es una consecuencia de la falta de oportunidades. Durante años el Estado ha aparecido primero para cobrar, sancionar o exigir trámites, cuando debería aparecer primero para ayudar a crecer.
La idea de permitir que el emprendedor venda, crezca y luego se formalice de manera gradual me parece sensata y cercana a la realidad. No tiene sentido exigirle las mismas cargas a una persona que apenas vende desde su casa que a una empresa consolidada. Si la formalización se convierte en una carga, la gente seguirá alejándose de ella. Si se convierte en una puerta para acceder a crédito, capacitación y nuevos mercados, la historia será diferente.
También considero acertada la propuesta de crear líneas de microcrédito accesibles para combatir el gota a gota. En muchos barrios de Colombia, el verdadero banco de los pequeños comerciantes termina siendo el prestamista ilegal. Y todos sabemos las consecuencias que eso trae: intereses abusivos, amenazas, extorsiones y negocios quebrados.
Otro aspecto que valoro es el énfasis en la seguridad. Muchas veces hablamos de seguridad pensando únicamente en grandes delitos, pero olvidamos que para un tendero, un comerciante o un vendedor informal la extorsión es una amenaza diaria. Cuando un emprendedor tiene miedo de abrir su negocio o debe pagar vacunas para trabajar, no existe libertad económica posible.
Me parece igualmente importante la propuesta de fortalecer las ferias, vitrinas comerciales, ruedas de negocios y compras locales. Los emprendedores no viven solamente de créditos; viven de las ventas. Y para vender necesitan clientes, visibilidad y oportunidades reales de mercado. Quizás por primera vez encuentro una propuesta que conecta la seguridad con el emprendimiento, la economía popular con el desarrollo y la formalización con incentivos reales. No se trata de regalar dinero, sino de crear condiciones para que quienes trabajan puedan prosperar.
Por supuesto, toda propuesta debe ser analizada con sentido crítico y llevada a la práctica con responsabilidad. Pero cuando veo iniciativas que reconocen el valor de la economía popular y que buscan convertir el rebusque en empresa, encuentro razones para prestar atención. Hoy, como ciudadano y como defensor del emprendimiento popular, veo en estas propuestas una de las razones más importantes para respaldar a Abelardo de la Espriella. Porque un país que protege y fortalece a quienes generan ingresos desde abajo es un país que construye prosperidad desde sus bases.
Colombia necesita creer nuevamente en el trabajo, en el esfuerzo y en la capacidad de su gente para salir adelante. Y ese camino comienza reconociendo a millones de emprendedores que durante años han sostenido la economía sin que nadie los pusiera en el centro de la conversación.